Vivimos en una era donde el miedo al terrorismo y al crimen exige restricciones a la libertad personal hasta tal grado, que amenaza estrangular la misma vida que la democracia busca proteger. Es hacer malabarismos entre el público y los intereses privados, que tiene gran riesgo para el cuerpo político y los ciudadanos.
Ya que para que la democracia funcione legítimamente, los que están siendo gobernados deben tener la capacidad de reunir información correcta y oportuna sobre las funciones internas de su nación, y las razones detrás de las acciones gubernamentales. La historia está llena de cicatrices por los abusos que han ocurrido detrás del velo de secreto, y el primer paso hacia el totalitarismo y un opresivo estado policiaco normalmente incluye la erradicación de los medios de inspeccionar la conducta de los funcionarios.
El entendimiento de que un gobierno transparente es esencial para las libertades fundamentales se extiende por gran parte de la historia. Se dice que Aristóteles había observado: “Si la libertad y la igualdad, como algunos piensan, se encuentran principalmente en la democracia, se obtendrán mejor cuando todas las personas compartan al máximo el gobierno”. Más de dos mil años después, el Parlamento y el Consejo Europeo anunciaron un concepto muy similar: “La franqueza hace posible que los ciudadanos participen más íntimamente en el proceso de tomar decisiones y garantiza que la administración disfrute de más legitimidad... La franqueza contribuye a fortalecer los principios de la democracia y el respecto por los derechos fundamentales...” 1
Aún así no es de extrañar que el público a veces afirme tener una gran falta de confianza en los líderes y sus organizaciones. La corrupción, las egoístas estratagemas políticas, y las economías precarias engendran un malestar perturbador y rebelde entre los ciudadanos. El funcionario público se ve atrapado potencialmente en el otro lado. La necesidad de proteger el orden puede requerir confidencialidad y acción rápida.
Actualmente, la Unión Europea encara una amenaza muy real. Proviene tanto del cáncer de la falta de confianza creada por los ataques terroristas a diestra y siniestra como de la erosión de las virtudes sociales como se puede ver en las estadísticas crecientes de crimen.
Entre toda esta confusión, ¿cómo podemos proteger tanto los derechos fundamentales de cada ciudadano como la integridad de nuestra democracia para las generaciones de hoy y las futuras?